Este artículo va dedicado a Emilio (Unjubilado) por varias razones. Primera porque se lo tenía prometido. Segunda porque él sí que habló mucho y bien de la mili y tercera porque su vida profesional la dedicó a la telefonía.
Yo nunca suelo hablar de la mili que me trae muy malos recuerdos y siempre son desagradables, salvo el recuerdo de algunos compañeros fieles cuya amistad, basada en la supervivencia ante el enemigo hostil, desaparecía en cuanto te daban la cartilla de licenciamiento. (Le llamábamos la BLANCA). En estos días me he acordado debido al próximo desfile de las Fuerzas Armadas que tendrá lugar en Zaragoza el Domingo 1 de Junio.
También yo pasé (sufrí) la mili en una compañía de transmisiones, en concreto en un Batallón Mixto de ingenieros agregado a la Brigada de Caballería Jarama en un cuartel de Salamanca (El de Federico Anaya). Para un estudiante, entonces de ingeniería Industrial, era bastante lógico que fuese a dar allí con mis huesos. Muchos de los soldados de aquél reemplazo eramos “mayorcetes”, porque en un 50% éramos estudiantes universitarios que habíamos cancelado nuestras prórrogas para “cumplir” con la Patria. Así que el nivel de operadores radio resultó de una eficacia altísima, aunque en “espíritu militar” quizás fuésemos uno de los peores reemplazos que hayan pasado por aquella compañía. (“La Susi”, así era el apodo de nuestro capitán, pronto se dió cuenta de ello y, pese a su aparente ramalazo, actuó con “saña” para reconducir a los “descarriados” ).
El resto eran de todo tipo de estrato social y lo que más me llamó la atención de la España del 82 era que todavía gente de nuestra edad fuese totalmente analfabeta. Había como poco unos diez de ellos a los que, los que habían hecho o hacían Magisterio, les daban clases de leer y escribir tras las labores propias de un soldado.
Siempre os he comentado que en mi juventud (y tal vez ahora todavía un poquitín) era un tanto vanidoso y me gustaba aprender casi cualquier cosa que despertara mínimamente mi interés. Así que en una compañía de transmisiones sólo podía aprender a “transmitir”. Tras un brevísimo período aprendiendo a manejar las radios convencionales de ondas hertzianas me incluyeron en el grupo de los de la Telefonía. No es que fuera un grupo de elegidos, al contrario, los mejor dotados eran los encargados de las radios, sobre todo por la eficacia y la movilidad que presenta un transmisor-receptor de esa índole, así que el resto quedábamos relegados a lo que se suponía serían labores más a retaguardia y próximos a los centros de mando durante un hipotético conflicto bélico. Para esa época era además una tecnología todavía en sus primeras aplicaciones tanto militares como civiles y no se vislumbraba hasta donde iba a llegar aquello de hablar por teléfono vía UHF. Y ya veis ahora.
Así pues yo fuí asignado como cabo, a un vehículo cuya característica principal era que establecía las antenas unidirecccionales de UHF, estableciendo unas triangulaciones orientando dichas antenas con mapa y brújula. Aquéllo era realmente lo mío, ya que aunque todavía no era piloto ya sabía manejarme con soltura con estos elementos. Había otros dos vehículos que utilizaban la red que se establecía a partir de la antena, uno estaba provisto de sendos teletipos desde los que mandar mensajes codificados e incorporaba además una especie de FAX desde el que se podían mandar planos o documentos al otro vehículo remoto conectado con nuestra antena. El tercer elemento del sistema era un vehículo que actuaba como centralita telefónica mediante las clásicas clavijas, y con el que se podían poner en comunicación diferentes estaciones de telefonía integradas a la red montada. Aproveché las horas muertas de cada maniobra a la que acudía, para que los compañeros me fuesen explicando el manejo e instalación de sus propios equipos
Cada uno de estos vehículos tenía un nombre curioso basado en la mitología: Plutón, Centauro y Tritón, aunque ya no recuerdo a cual de ellos correspondía. Sin embargo había una cierta rivalidad entre los radios y los telefonistas, ya que las transmisiones son primordiales en el desarrollo de la actividad militar.
Como siempre he sido un poco “imbécil” no sólo me aprendí el manejo de uno de ellos, sino que gracias a lo que me enseñaron los “camaradas” conseguí manejar todo el sistema con cierta solvencia. Pero mi maldito orgullo me impidió disfrutar del aprendizaje en la intimidad y enseguida notaron mis oficiales que el Cabo Furriel “manejaba los hilos” de toido el conjunto, pudiendo actuar de comodín en cualquiera de ellos. ¡Error mío de los gordos! y justo castigo a mi chulería. Desde aquél momento no me perdía unas maniobras ni siquiera (y eso es cierto) estando enfermo de bronquitis con rebaje médico y con fiebre alta. Claro que tampoco me hacían mucho caso y pensaron que me estaba haciendo el malo para no ir de maniobras, así que me guardé el rebaje como “AS en la manga”.
A nadie le importaba un bledo si yo estaba enfermo o no (iluso de mí creí que finalmente me dejarían en paz) así que: al monte y bajo una tremenda lluvia a montar el campamento y todo lo demás. Mi bronquitis se vió empeorada por las inclemencias atmosféricas hasta tal punto que no podía apenas ni salir de la tienda. Los compañeros me dejaban “escaquearme” y ellos hacían su labor y la mía, así que no pude ayudarles casi nada.
El día que acabaron las maniobras uno de los tenientes, un joven llamado Gerardo (al cual casi tenía aprecio y él aunque no lo quisiese reconocer me tenía un cierto respeto como persona) vino a decirme que no había trabajado mucho ni tan bien como solía ser habitual en mí. Ahí pude vengarme de todos los mandos militares a los que aborrecía por aquél entonces, le dije que sí que había trabajado muchísimo, más de lo que tenía que haber hecho y sobre todo por una cosa: Por mis compañeros a los que procuré ayudar haciendo las guardias que me correspondieron. Le enseñé el papel médico que acreditaba mi baja y lo rompí delante de sus narices. Entonces le dije a él: Ahora solo Ud. y yo sabemos lo que ha ocurrido, así es que cuando vaya ascendiendo en el escalafón y vea que hay un soldado que tiene síntomas de estar enfermo es que probablemente lo esté, y hay que tenerle en consideración.
Aquella ocasión me hizo sentirme tan bien que volví al cuartel con más ganas de “pelea” que nunca. Pero me topé con todo un sistema que no era posible cambiar con gestos como aquél de soberbia y de masoquismo. Pero espero que aquél teniente, posiblemente hoy Coronel o vaya ud. a saber qué, aprendiese aquella lección que le daba un cabo cabezota, de Zaragoza, que quiso cambiar el sistema militar con unas gafas de sol y un rebaje médico. Tal vez otro día me anime a contar más batallitas de la mili o solamente os diga qué significa lo de las gafas de sol. Ya veremos…


27-Mayo-2008 a las 9:15
Yo creo que la mili tenía muchas cosas positivas, independientemente de lo cabrito que fuera el sargento de turno. No conozco a nadie que hable mal de la mili. Seguro que podrías escribir un libro de la mili. Y seguro que aquel sargento sigue igual de borde, aunque haya ascendido. Un saludo
27-Mayo-2008 a las 9:34
Sofi, por primera vez tengo que contradecirte, la mili no servía para nada a nadie. Otra cosa es que al salir de ella la gente no quisiera reconocer las humillaciones y los malos ratos pasados en los cuarteles. Siempre había un tono como de superioridad en los que querían hacer creer que a ellos les había ido mejor que al resto. Pero los que no participábamos del pelotilleo, intentabamos mantener nuestra dignidad, sin someternos ciegamente a las órdenes de un sistema rancio y anticuado, lo pasábamos psicológicamente muy mal. Por no decir que, para abrir boca, desde el primer momento te ponían un arma en la mano con intención de que disparases a cualquier persona que se moviese cerca del cuartel sin saberse la contraseña. Para cualquier joven con algo de cabeza eso era muy fuerte, y por supuesto que yo no estaba dispuesto a ametrallar a nadie aunque hubiera querido entrar hasta la misma cocina del cuartel…¡Lo siento!. El único objetivo que me planteé para cuando recuperase mi “libertad” era que: ” Si algún día tenía hijos varones procuraría por todos los medioos posibles que no tuviera que soportar aquel sinsentido”. Gracias a la mili, entre pitos y flautas, tiré por tierra casi cuatro años de mi vida civil.
27-Mayo-2008 a las 9:37
Estoy de acuerdo con Carlos, la mili era una pérdida de tiempo. Yo me pegué 18 meses haciendo el bobo, perdiendo un curso académico y aprendiendo bastante poco, y eso que también estuve en transmisiones, aunque en la Cruz Roja.
Afortundamente son cosas del pasado.
27-Mayo-2008 a las 9:43
Gracias por corroborar lo que digo, Gabriel.
27-Mayo-2008 a las 11:10
Yo como ya sabéis la pasé en Sidi Ifni, excepto una última etapa en la que fui destinado a Las Palmas con un emisora militar, para ser la “cabeza de fonía de la evacuación”
La he ido contando a retazos en mi blog, casi siempre en clave de humor, pero perdí 18 meses. En ella lloré, pataleé, estuve en el calabozo, juré en todos los idiomas imaginables y mientras tanto “si mi sargento”, “si mi capitán” aunque supiera que no tenían razón.
Aprendí a saludar, a pelar patatas, a fregar sin agua, a amenazar con el arma a un morito de unos 8 años que se llevaba un puñado de cobre (el capitán me estaba viendo y me dijo que le quitara todo lo que se llevaba), a raíz de este suceso, y cuando hacía guardia en la parte trasera del cuartel en donde colgábamos la ropa y en ocasiones se la llevaban, era el “mata moros”, entre ellos se decían “vámonos que está el hijo de … que nos amenaza con un arma.
Carlos gracias por la referencia, y perdón por mi extensión.
27-Mayo-2008 a las 15:46
Así me gusta, Emilio, que nos explayemos todos. Espero que Sofi vaya sacando otras conclusiones de las “bondades” del servicio militar OBLIGATORIO.