El Pueyo de Jaca

La primera vez que conocí este pueblecito fué gracias a la “osadía” juvenil y a una nevada ¿imprevista?. Habíamos hecho tantos planes para subir al Pirineo, que el hecho de no tener ni conseguir una tienda de campaña, no nos impidió “lanzarnos” a la aventura de ir al monte sin los medios mínimos imprescindibles. Apenas habíamos comenzado a subir desde Panticosa hacia el Balneario cuando unas nubes bastante amenazadoras llenaron el horizonte, por encima de las crestas, y los montañeros iniciaban el descenso masivamente hacia zonas menos arriesgadas que las cimas próximas.

(Unas fotos del Pueyo)

Visto que la tormenta era casi segura, decidimos “pernoctar” en unos prados próximos y preparamos una zona de “vivac” bajo unos árboles. Mis dos compañeros de viaje querían adquirir experiencia montañera para con el tiempo dedicarse a la escalada con mayor intensidad, pero yo sólo quería disfrutar de una excursión de montaña sin los sacrificios y riesgos que conlleva el deporte del montañismo. Gracias a mi empeño habilitamos una especie de “cobertizo” con una serie de plásticos para “paliar” lo que se preveía iba a ser una lluvia más o menos intensa. Aun con todo, mi “sensatez” estuvo luchando durante un par de horas para convencer a los “pseudo-montañeros” de que lo mejor era marchar a un refugio más apropiado y regresar al pueblo. Mientras me afanaba en ello seguía preparando el “tenderete” donde guarecernos de lo que nos viniera encima. Cuando practicamente estaba acabado el campamento base, empezó a nevar con una intensidad cada vez mayor de tal modo que, en apenas 15 minutos, el prado había cambiado de color y era ya una capa blanca inmaculada.

Suerte de que aún era de día y en un santiamén recogimos nuestras mochilas y bajamos a Panticosa a buscar un sitio donde pasar la noche. Lo primero que pensamos fué que el párroco nos dejaría refugiarnos en la Iglesia del pueblo pero no hubo manera de convencerle, así que conforme pasaba el rato nos fuimos haciendo a la idea de pasar la noche sentados encima de las mochilas bajo unos soportales frente a la Iglesia. A medida que avanzaba el crepúsculo las opciones de alojamiento eran menos prometedoras, hasta que algún alma caritativa nos indicó que en el Pueyo, la mayoría de las casas que permanecían en pié solían estar abiertas y podrían servirnos de refugio.

Iniciamos el descenso hacia allí acompañados de un grupo de “montañeras” de Lérida en las mismas circunstancias que nosotros. Durante el camino fuimos animándonos mutuamente, ya que en estas condiciones, tanto ellas como nosotros, habíamos llegado a un punto de “tensión” que hacía imposible “llevarse bien” entre los miembros de nuestros respectivos grupos. Pasito a paso, y ya de noche cerrada, conseguimos llegar al Pueyo, donde las ruinas de lo que había sido un pueblo, nos dieron asilo momentáneo para pasar la noche “a cubierto”. La primera casa que encontramos abierta era un gran caserón, con las estancias inferiores en buen estado y todavía con un “hogar bajo” que permitía encender el fuego y calentar la sopa y por supuesto caldear el ambiente.

El improvisado alojamiento nos pareció el mejor premio que podíamos tener tras tanta preocupación (y realmente fuimos afortunadísimos), porque a la mañana siguiente la nevada caída superaba con creces los 25 ó 30 cm. de espesor. Las fuentes del pueblo estaban totalmente congeladas y apenas podíamos romper el hielo para quitarnos las legañas. La noche fué extraordinariamente cálida gracias a la leña que la misma casa nos proporcionó. Subiendo hacia la parte superior ya se habían ido arrancando con anterioridad los listones de las tarimas, baldas viejas y parte del barandado y escalones de madera de toda la casa, así que mucho antes de nuestra llegada ya habían comenzado con su demolición progresiva otros “energúmenos” como nosotros.

Ahora llevo unos años subiendo por la zona del Valle de Tena, con más experiencia y menos improvisación. También es verdad que ya no es ninguna aventura juvenil, pero desde luego que siempre recuerdo con un cariño enorme aquella noche de “gracia” con la que nos acogió la villa. ¡Pura ruina convertida en palacio! para unos jóvenes “imberbes” que, de no ser por su abandono, hubieran tenido algo más que un problema de juventud.

Cuando al cabo de los años volví a ver el pueblo comenzando a ser restaurado y ví la fuente con el agua corriendo a chorros, con el bar en la plaza que daba unas sopetas de vino o cacahuetes con vino a los que íbamos a parar por allí, sentí una gran añoranza de aquella fantástica noche y una alegría inmensa de que a pesar de nuestro pequeño destrozo el pueblo hubiera sobrevivido y reavivado.

Ahora hay que ver lo bonito que lo han dejado y lo bien que ha mantenido su espíritu montañero. A pesar de la sobreexplotación turística y de la especulación inmobiliaria, El Pueyo ha sabido mantener su aire de pueblo de montaña y desde luego el encanto de estar junto al pantano de Búbal. Desde aquí vaya mi tardía gratitud al pueblo y mis disculpas a los propietarios de aquella casa que nos dió cobijo y que evitó que un grupo de “tontainas” se congelaran tirados en un prado pirenaico.

Acerca de Carlos

Piloto de líneas Aéreas, aficionado a las artes: Pintura, Literatura, Música, Fotografía, con ganas de divulgar aquello que he vivido a lo largo de mi experiencia profesional y humana..

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