El último aterrizaje.

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Volar al mando de cualquier aeronave es -sobre todo- una íntima sensación de saber que el esfuerzo ha merecido la pena. Es la culminación de muchísimas pequeñas etapas que se han ido cubriendo pacientemente, hasta poder asumir la responsabilidad de que “tu” avión, “tu” pasaje y “tu” tripulación, vuelen con seguridad en todo momento y en cualquier circunstancia posible, por muy adversa que pueda ser.

El momento de la “suelta” como comandante de aeronave es el punto de no retorno hacia un destino que nunca se sabe lo que te deparará, por ello siempre hay que tener previsto lo imprevisible, y la suficiente humildad para reconocer que todavía estás en fase de aprendizaje. Ese aprendizaje continuo e imparable te lleva vuelo a vuelo a adquirir experiencia, a mantener la calma y la concentración en lo esencial, a decidir lo que debes hacer inmediatamente sin dilación y lo que es secundario o menos urgente.

El ejercicio de esa responsabilidad te hace mejorar como persona, a tratar de que el equipo funcione de manera coordinada como un bloque compacto, a que la madurez del comandante sirva para que todo el mundo mantenga la calma, y por qué no a que la confianza de todos ellos se deposite en quien en definitiva tendrá que asumir la mejor decisión posible en todo momento.

Cuando llega el momento de la jubilación, cuando sabes que estás haciendo tu último vuelo en línea, es lógico que las emociones surjan desde el alma del aviador, y que quienes han compartido de una u otra manera esa larga trayectoria, tengan al mismo tiempo las ganas de celebrarlo a su lado. A muchos de los que le rodean les vendrán recuerdos de tragos amargos, a otros de los buenos momentos compartidos en cualquier rincón donde recalaron a descansar, y sin duda a todos les invade una pequeña tristeza al saber que un buen profesional deja su puesto de mando a disposición de otros herederos.

Cuando un profesional da por finalizada su vida laboral, es importante que haya dejado una pequeña huella en todos los que le han acompañado en una larga trayectoria. Una huella que trasciende más allá de la cabina y que debe llegar a través de las ondas hasta la torre de control. Es por ello por lo que sin conocerte físicamente, la voz amiga de un controlador en determinados momentos te hace sentir el apoyo y colaboración necesarios para “apechugar” con lo que te haya tocado en suerte. Y desde esa torre, desde cualquier centro de control, se establecen afinidades con esa voz que te transmite seguridad y confianza aún a pesar de las circunstancias, a la vez que esa voz serena de un comandante hacia “su” controlador le da el respaldo y las gracias por estar cuidando de “su” avión.

Pero aquí, en esta España vieja y vengativa, se ha dado la vuelta al sentimiento para convertirlo en mala sangre. Aún sigue “coleando” en la prensa el expediente contra unos controladores que felicitaron musicalmente (escuchar audio) a un comandante en su último vuelo, alegando “ficticias” repercusiones en la seguridad de ese vuelo. ¡Mienten los que lo sostienen!.

En fin, esto es lo que tenemos, aunque no lo hayamos merecido, pero puestos a hacer un regalo a un piloto que se jubila, me quedo con un “laissez faire” y que disfrute el hombre de su último aterrizaje, seguro que le gusta mucho más que el consabido reloj con el que te suelen despedir en otros oficios, y que sólo sirve para que veas lo largas que se hacen las horas cuando no trabajas en lo que amas…

 

Acerca de Carlos

Piloto de líneas Aéreas, aficionado a las artes: Pintura, Literatura, Música, Fotografía, con ganas de divulgar aquello que he vivido a lo largo de mi experiencia profesional y humana..

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