Granada II (El Albaicín)

…Después de sentir que un taxista sin escrúpulos nos había engañado, nos compramos un plano de la ciudad. Entonces no teníamos internet por lo que toda la información sobre visitas y lugares era a través de mapas y folletos con los que elegías aquello que querías visitar y te lanzabas a deambular por sus calles.

Nuestro primer recorrido estuvo dirigido hacia el Albaicín, y ahí comencé a sentir el peso de la historia de la ciudad. En pleno barrio musulmán era difidil orientarse entre las callejas, así que nos dejamos perder sin rumbo entre ellas, ascendiendo y bajando por sus empinadas calles, pasando por algunos cármenes y viendo las flores que adornaban sus ventanas, pequeñas, y los zaguanes desde los que se adivinaba y veía el patio interior de las viviendas. El olor a jazmín cubría el aire y conforme se ponía el sol, mis pensamientos iban de un siglo a otro, en un largo recorrido hacia atrás buscando la forma en que se había generado tanta belleza en tan poco espacio.

Sentí desde entonces que pertencecía a una mezcla de sangre extraña, en donde un artesano musulmán o un cristiano viejo, habían plantado parte de su herencia en nuestro código genético, y ahora me reencontraba con un remoto pasado que parecía estar esperando en Granada.

Creí oir la llamada a la oración desde el alminar de la mezquuita, y también que el crucifijo sobre una hornacina me recordaba que no podía hacerme hereje, sentí la llamada espiritual de todos los dioses y dejé volar la imaginación recordando la vida pacífica de una gente a la que la religión le había sido dada de sus antepasados y que a muchos de ellos les costó la vida o el exilio.

Ahora estábamos llegando al mirador de San Nicolás y ahí estaba, inmensa, recortándose contra la sierra la Alhambra. Sobre el cauce del Darro la visión de ella es un empacho de belleza , de magnificencia y a la vez de sencillez. Realmente es asombroso estar rodeado de vegetación, en un rincón que se abre desde lo alto hacia la muralla de defensa y ver cómo el tono de la piedra varía conforme el sol va cayendo hasta convertir en sombras la silueta del conjunto.

Este momento de paz es quizás el que más intensamente viví entonces. En silencio con un respeto ancestral me dejé sumergir en su magia. No escuchaba nada, no veía, no sentía más que a través de mi mente. Dejé de lado mis sentidos y me dejé caer en un estado letárgico, como de trance espiritual, donde sólo el espíritu de la ciudad me transmitía su pasado y su presente, sin forma y sin nada externo que no fuera el recuerdo que ya existía en mi herencia genética.

Oía risas de niños, gritos de alegría y música árabe, pero también oía rezos, cánticos de victoria o de tristeza en los que tuvieron que marchar de su casa. Escuché su historia, sin oidos, recordé lo que no había memorizado, y simplemente dejé abierta mi mente a los mensajes que me llegaban desde las piedras, desde el aire serrano y desde el río. Así me sumergí en Granada, poseído por sentimientos inexplicables que nada tenían que ver con mis sensaciones racionales.

Esa es la magia de Granada, que si  dejas de mirar y de escuchar, todo se hace más nítido porque te entra por el espíritu y ya nunca te abandona…

Acerca de Carlos

Piloto de líneas Aéreas, aficionado a las artes: Pintura, Literatura, Música, Fotografía, con ganas de divulgar aquello que he vivido a lo largo de mi experiencia profesional y humana..

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