La Tasca Rabasón (Benasque)

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Cambiamos de tercio después de que hayais leido el anterior artículo. La llegada a Benasque no es un “camino de rosas” sin embargo el “sacrificio” merece la pena. De hecho desde que por primera vez conocí el pueblo y su entorno hace ya más de 30 años, he seguido acudiendo allí tanto en invierno como en verano.

Una vez instalados en la villa hay que pasear por sus callejas llenas de historia y con unos palacios más que notables, entre otros el de los Condes de Ribagorza, cuya restauración ha sido ya acordada. Si bien la obra será digna del origen, los entresijos del acuerdo entre el Ayuntamiento y las constructoras parece que van a despertar ciertas reticencias.

Pero durante la visita es, de siempre una parada obligada, tomarse un vinito en la tasca Rabasón. Lugar de encuentro de montañeros de todo el país que han iniciado sus escaladas en los picos más importantes de la zona, Aneto, Posets, Maladeta, etc. y donde miles de historias de satisfacción y retos superados llenan todos los rincones de la estancia. El propio dueño de la tasca ha dedicado su ya larga vida (80 años) a la montaña, como guía y experto consumado en escalada y esquí.

La tasca es más que un bar donde no falta el vino con unos cacahuetes, una cerveza con torreznos o un refresco con el que calmar el reseco del día. Rabasón es casi el premio para cualquier montañero que haya bajado de una cima y quiera celebrar su éxito con los amigos, hablar de los peligros de la montaña o simplemente calentarse al amor del fuego de su cadiera. El halo de aventura que encierra la estancia se ve reflejado en sus paredes, donde algunas cabezas disecadas se alternan con pieles extendidas, los esquís del 35 con los bastones de bambú y donde las telarañas, sepultan las cajetillas de cerillas llegadas de todos los rincones del mundo. La pátina de tela de araña añade un respeto secular por las historias pasadas, por los momentos de felicidad vividos por todos aquellos que han pasado por allí y manteniendo su recuerdo intacto, a cubierto de el viento del olvido.

El aparente aspecto de dejadez que dan las telarañas, enseguida queda disipado en cuanto observas la madera natural del mostrador, sin barniz y pulida por miles de fregados con agua y lejía. Está impoluta y fina a pesar de su desnudez. Las paredes revestidas de troncos barnizados, dan una calidez especial a la estancia, invitando al recogimiento y las confidencias, aunque no sean más que palabras de amor.

¡Salud, Rabasón!. (Ver más fotos)

Acerca de Carlos

Piloto de líneas Aéreas, aficionado a las artes: Pintura, Literatura, Música, Fotografía, con ganas de divulgar aquello que he vivido a lo largo de mi experiencia profesional y humana..

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