
Con este diálogo nos enseñaban a “defender” el fuerte durante nuestra época de soldados de reemplazo al cumplir el servicio militar, más conocido como La Mili.
¡Qué horror!, cuando por primera vez te dirigías a la garita de guardia, con un arma cargada de balas, y te quedabas de plantón durante dos horas que duraba tu turno de guardia. La mente volaba lejos de allí y creo que la mayoría de personas a las que nos tocó hacer una guardia de esas estábamos literalmente “cagados de miedo”. En mi caso puedo decir que sí lo estaba. Tal vez fuese cobardía o simplemente sensatez. Yo desde luego que no estaba dispuesto a disparar a nadie que se acercara con “aviesas” intenciones más cerca de cuatro metros de mi puesto. Pero siempre surgía la duda de si vendría algún enemigo a atacar nuestro cuartel y si seríamos capaces de “disparar a matar”.



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