No me digas adiós

Las grandes hazañas no siempre se realizan a costa de grandes sacrificios personales, ni siquiera motivadas por causas revestidas de nobleza e incluso podrían estar adornadas con retales de indignidad. Espero que pronto se llegue a esa anunciada «nueva normalidad» y volvamos a ser parte del todo y poder pastar en una armonía idílica en la que nos habíamos instalado por no molestar…

Nos dijeron que ellos serían los amos de la calle, y no mentían, ahora nuestras calles están vacías y llenas de soledad, convirtiendo las calzadas en fosos disuasorios ante el asedio de quienes llevan como único armamento un virus que puede dejarte tirado en cualquier cuneta,sin un adiós, sin un abrazo con cariño de alguien próximo, y nos fortificamos en el último bastión, dando gracias al todopoderoso si tiene vistas a la calle, y movilizando a los vecinos a cantar el resistiré.

Nos dicen que todos juntos podremos (me recuerda a algo como de unidas no se qué) y sinceramente así debería de haber sido desde que se recuperó la democracia en nuestra querida y hoy entristecida España. Pero hemos de aceptar nuestras culpas, nuestros errores y desengaños por recuperar lo que nos hemos ido dejando arrebatar en el camino que creíamos transitar de verdad todos unidos. Echando la vista atrás llego a mis primeros años de juventud, justo en lo que conocemos por transición democrática y en la situación tan extraordinaria que nos tocó vivir, y ahora recogemos una cosecha de años de cambio y de recambios.

Las sociedades también envejecen, y sus lideres dejan sitio a las nuevas generaciones, aunque no hayan tenido tiempo de madurar adecuadamente y no hayan llegado a estar en sazón. Pero les hemos tratado de allanar tanto el camino que no hemos sabido inculcarles determinados principios elementales de comportamiento social. No son peores que pudimos serlo nosotros a su edad, son de otras generaciones en las que el buen vivir, el exceso de recursos, la comodidad, la inmediatez, las nuevas tecnologías hacen que todo parezca distinto y sin embargo en poco o nada hemos cambiado.

Seguimos dejando que los símbolos de la nación equivocadamente parezcan representar a unos pocos que además nos avergonzaba siquiera creer que habían existido en otro tiempo. Con la desaparición de quienes sufrieron la guerra y sus secuelas, creíamos haber olvidado lo que todos ellos trataron de que no pudiéramos siquiera conocer, pero algunos tenían una memoria heredada «de oídas» y le llamaron histórica. Para resarcir al país al que aspiran «restaurar» acuden a otros arroyos donde beber, y se sacian la sed con el agua envenenada de bilis ancestrales.

No señores, ni mis padres ni mis abuelos me inculcaron más memoria que la de vivir en paz. Me dijeron que estudiara para poder ser más que ellos (pero nadie es más que otro por tener algún título) y les creí y me esforcé, y ellos se sacrificaron para que así fuera. «El que algo quiere algo le cuesta» -me repetían- y yo me convencí de que ese era el camino que debía tomar, asumiendo que tal vez no sería fácil conseguirlo, pero que les debía a ellos tratar de hacerlo para su orgullo y satisfacción. Fuimos niños que crecieron con la leche de un tal Marshall, y mortadela barata y, de vez en cuando, una onza de chocolate.

El confinamiento forzoso me ha hecho retomar el teclado que había dejado de lado lleno de telarañas y polvo, porque había llegado al convencimiento de que mis ideas y mis reflexiones carecían de importancia para el resto del mundo, y que no tenían ninguna utilidad ni trascendencia. Pero cuando ellos se hicieron fuertes en la calle, se pertrecharon en el hemiciclo para dar batalla a la Constitución y hacerla desfallecer infectada por el Covid19, recordé los consejos de mis mayores y movilicé a esas pequeñas y exiguas neuronas que todavía consiguen establecer esas sinapsis (La palabra sinapsis viene de sinapteína, que Charles Scott Sherrington colaboradores formaron con las palabras griegas sin-, que significa «juntos», y hapteina, es decir «con firmeza») que todavía me permiten juntar palabras y transmitir pensamientos a los demás aún cuando no sean de su agrado ni tengan por qué compartir mi opinión.

Estoy recibiendo críticas favorables, otras negativas, otras ni siquiera llegan, pero veo que se remueven conciencias. No quiero convencer a nadie de mis argumentaciones, ni pretendo tener razón, ni siquiera querría que nadie se sintiera ni un poquitín molesto por alguna de mis apreciaciones, porque solo soy un adulto que entono el «mea culpa» por haber sido tan simple de pensar que todos queríamos el bien común (e incluso tienen el beneficio de mi duda). He recibido con tristeza el rechazo de un par de personas a las que quiero y querré siempre porque piensan diferente a mí. Eso nunca había sido impedimento para establecer unos lazos de cariño muy por encima de la política y de la forma de entender las relaciones personales. Pero tal vez, aunque sea renunciar a algo muy importante, tengamos que asumirlo con la misma naturalidad con la que hemos ido envejeciendo, y aceptando que es ley de vida sobre todo ahora que la muerte nos acecha a todos por igual. Esto es lo que hay Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris 

Acerca de Carlos

Expiloto de líneas Aéreas, aficionado a las artes: Pintura, Literatura, Música, Fotografía, con ganas de divulgar aquello que he vivido a lo largo de mi experiencia profesional y humana..

2 respuestas a “No me digas adiós”

  1. !Ave, Carlos!

    Por lo menos, tuvimos la suerte de estudiar dos años de latín en 3º y 4º de bachiller y filosofía al menos en 6º y Cou. Estos pobres chavales de ahora no aprenden ni siquiera informática. Y solo les enseñan los bichos de su pueblo. A su favor que, como la necesidad crea el órgano, llega un momento en que se aplican al inglés para poder apañarse en el momento del erasmus. A nosotros lo que nos tocó fue la mili.

    • A la mili ya fuí con el inglés aprendido, y la programación en BASIC de un ordenador que llenaba una habitación…
      Pero agradezco haber estudiado un bachillerato bastante más formativo que los de generaciones posteriores.
      Desde entonces he estado convencido de que nadie es puramente de ciencias o letras, sino que hay aptitudes o mayor interés en ciertas disciplinas. Pero hay que saber tanto de unas como de otras, cuanto más mejor, y hacer trabajar ambos hemisferios cerebrales.
      Sin una de ellas no se llega a tener una educación/formación completa.

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